Opinión de Alberto Piris. En su última reunión en Ginebra, Biden y Putin han reafirmado el principio básico “de que una guerra nuclear no puede ser ganada y jamás ha de ser iniciada”. Para materializarlo es necesario que ambas partes se esfuercen por alcanzar acuerdos de control y limitación de armamentos. Un obstáculo que habrá que superar es la inercia de las grandes corporaciones y del complejo “militar-industrial-político” de EE.UU., contra la que Biden habrá de luchar si desea que sus sugestivos proyectos de ámbito mundial se materialicen eficazmente.

Madrid, 11 Julio 2021, (Envío especial para El Informante Perú).- En la declaración oficial conjunta publicada el pasado 16 de junio por los presidentes de EE.UU. y Rusia, se afirma textualmente que ambos países “son capaces, incluso en momentos de tensión, de avanzar con el objetivo común de asegurar la previsibilidad en el ámbito estratégico, reduciendo el riesgo de conflictos armados y la amenaza de una guerra nuclear”. Un par de líneas después se asegura contundentemente: “Reafirmamos hoy la norma de que una guerra nuclear no puede ser ganada y jamás ha de ser iniciada”.

Tan elocuente punto de partida en el actual panorama estratégico mundial tiene un corolario obligado: hay que invertir más esfuerzos en el control de las armas y en los planes de desarme. No basta con la reciente prórroga de cinco años del tratado START, que limita el número de armas estratégicas, aunque en palabras de Josep Borrell esto sea “una contribución crucial a la seguridad internacional y europea”.

La OTAN no descuidó en el pasado este aspecto y dio pasos para negociar reducciones de fuerza con el extinto Pacto de Varsovia. Los arsenales nucleares de ambos bandos se redujeron en más de un 85% desde el fin de la Guerra Fría. Pero ese impulso parece haberse frenado, como hizo notar el secretario general de la OTAN en la conferencia sobre control de armamentos en octubre de 2019.

Hubo de reconocer que el Reino Unido aumentaba el tope máximo de sus armas nucleares, con el consiguiente efecto negativo en otras potencias nucleares y contraviniendo lo dispuesto en el Tratado de No Proliferación Nuclear. La realidad es que la OTAN no hacía propuestas concretas y se limitaba a “responder en forma defensiva, medida y coordinada a las nuevas amenazas rusas”. Pero las propuestas de Moscú eran ignoradas, sin explicar por qué, lo que no dejaba en buen lugar a la Alianza. Por su parte, Rusia desoyó las interesantes propuestas de la OTAN en 2020, asunto casi ignorado por la opinión pública, porque a la Alianza no parece preocuparle suficientemente la esencial cuestión del control de armamentos.

En la misma conferencia, Stolenberg propugnó reglas y limitaciones, de las que nada se ha vuelto a saber dos años después, para controlar las nuevas tecnologías que tanto pueden transformar el modo de hacer la guerra y sus inevitables consecuencias.

En resumen: aunque desde la OTAN se insiste en mantener abierta la puerta al diálogo con Rusia, apenas han surgido en Bruselas ideas originales al respecto: parece que se espera a las acciones rusas para responder a ellas, concediendo así la iniciativa a la otra parte.

Es cierto que el Secretario General de la OTAN no puede decidir por su cuenta y que no es nada fácil poner de acuerdo a treinta países aliados que tienen sus propias ideas sobre la estrategia general a seguir. Pero todos ellos reconocen, sin duda alguna, que un eficaz sistema de control de armamentos (nucleares, cibernéticos, espaciales, convencionales, etc.) aumenta la estabilidad general, ejerce una disuasión más eficaz y razonable, reduce los peligros y disminuye el coste de la defensa en todos los países.

Pero ni en la reunión entre Biden y Putin, ni en la conferencia en la cumbre de los aliados otánicos, se ha valorado en su debida medida, al parecer, el peso del poderoso complejo militar-industrial que en su época denunció Eisenhower y que, ahora en EE.UU., algunos analistas lo han ampliado convirtiéndolo en “complejo militar-industrial-político”, para resaltar el peso en el Congreso de los grupos de presión militares e industriales.

Aunque el demoledor paso de Trump al timón de EE.UU. dejó casi grogui a la OTAN, a la que incluso Macron diagnosticó en “muerte cerebral”, todo Secretario General de la Alianza sabe sobradamente que ésta depende de EE.UU., donde el Pentágono impone su ley en asuntos militares. Y donde las poderosas corporaciones industriales, dirigidas remotamente desde el mismo Pentágono (en aplicación de la ley de las puertas giratorias) tienen a menudo la última palabra. Es allí donde Biden tendrá que esforzarse para imponer sus criterios, si desea que sus sugestivos proyectos de ámbito mundial se materialicen eficazmente.

(*) General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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