Opinión de Alberto Piris. Tras decenios de enfrentamientos internacionales por los productos energéticos fósiles que han sostenido a la actual civilización, aspirar a la nueva “civilización verde” que frene la emergencia climática no va a garantizar la paz universal. El uso de las energías renovables exige ciertos minerales críticos, esenciales para turbinas eólicas, paneles solares o vehículos de propulsión eléctrica, que son escasos, están irregularmente repartidos y ponen en manos de algunos países el futuro de la humanidad. Algunos de los problemas que suscita esta situación se comentan aquí:

Madrid, 31 Mayo 2021, (Envío especial para El Informante Perú).- Esa revolución verde, a la que el mundo aspira y que Biden pretende encabezar, prescindirá de las fuentes de energía fósil no renovable (petróleo, gas natural y carbón) que tan peligrosamente están acelerando la emergencia climática. Estas fuentes, sobre todo el petróleo, han sido causa de guerras, enmarañados conflictos geopolíticos y la muerte de innumerables de seres humanos. ¿Qué conflictos armados cabe prever en una futura “civilización verde”?

El asunto es complicado. Aunque la luz solar y el viento (sin olvidar las mareas) son fuentes de energía inagotables, para convertirlas en electricidad fácilmente utilizable se requiere el uso de ciertos materiales específicos: litio, cobre, cobalto, manganeso y níquel son los más usuales, aunque no los únicos, así como algunos de los 17 minerales conocidos como “tierras raras”, sustancias metálicas cuyo nombre genérico ya indica su escasez.

Las turbinas eólicas, los paneles solares y los vehículos de propulsión eléctrica, base de esa nueva civilización, exigirán crecientes volúmenes de esos minerales, por lo que su demanda aumentará exponencialmente. Además, su extracción se concentra en un número reducido de países: hoy, por ejemplo, la República Democrática del Congo suministra más del 80% del cobalto mundial y China, el 70% de los metales raros. Entre Argentina y Chile se obtiene el 80% mundial del litio. Y así ocurre con otros productos indispensables para un mundo que pretenda utilizar solo energías renovables.

Fácil es prever que la pugna imperialista por los recursos petrolíferos que desangró el mundo después de la Primera Guerra Mundial (y que llevó a EEUU a implicarse en el avispero de Oriente Medio, del que ahora intenta zafarse) va a repetirse por la posesión de esos imprescindibles minerales. En resumen: la transición a un mundo no dependiente de las energías fósiles podrá originar conflictos de alcance internacional.

Nuevas empresas mineras tratarán de encontrar esos recursos en los países donde esto pueda ser rentable sin riesgos políticos, como Australia. Pero la extracción prolongada de minerales reduce su concentración al paso del tiempo y requiere más consumo de energía, aumenta los precios y genera más residuos nocivos. Según la Agencia Internacional de la Energía, la pureza del cobre extraído en Chile disminuyó un 30% en los últimos 15 años.

Lo que nos lleva indefectiblemente a China, que no solo extrae en su territorio casi todos los minerales citados, sino que además procesa lo obtenido en otros países: el 90% mundial de las tierras raras, el 65% del cobalto, el 35% de níquel y el 60% del litio. El mundo verde pasa por las manos de China. Cabe anticipar esfuerzos para diversificar la procedencia de esas sustancias o encontrar otros métodos para obtener electricidad de las energías renovables; pero la dependencia del mundo respecto a China en este aspecto es hoy por hoy ineludible.

Así pues, los planes de Biden para un futuro de energía verde serían imposibles sin concertarlos con la economía china. De no ser así, solo es posible imaginar un mundo enzarzado en pugnas continuas por recursos limitados (como hasta ahora ha ocurrido con los crudos petrolíferos) o bien un mundo que abandone las aspiraciones “verdes”, por escasez de medios, y se hunda en la emergencia climática que puede conducir al caos final.

Todo parece indicar la necesidad de un obligado acuerdo entre China y EEUU, con el apoyo de los demás países, para extraer coordinadamente los minerales necesarios para esa revolución verde que se anuncia; inventar sustitutos sintéticos para los más escasos, mejorar y adecentar los sistemas mineros y acelerar al límite el reciclado de sustancias esenciales.

En interés de toda la humanidad, el entendimiento entre EEUU, la mayor potencia militar del mundo, y China, un gran poder económico y tecnológico, es una condición indispensable para poner en marcha esos planes universales que pretenden frenar o invertir la tendencia planetaria hacia una emergencia climática de fatales consecuencias.

(*) General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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