Opinión de Alberto Piris. A menudo no se tiene en cuenta que la inmigración cubre esos huecos laborales que la demografía natural no puede atender.

Madrid, 27 Diciembre 2019, (Envío especial para El Informante Perú).- A las 6 de la mañana en un día del pasado mes de agosto, se oyeron rudos golpes en la puerta de la casa donde dormían dos hermanas: Lori, de 12 años, y Rosa, de 9. Unos gritos amenazaban con el derribo de la puerta si no era abierta. El padre acudió apresuradamente. Las niñas lloraban, porque sabían lo que les esperaba: unos días de cárcel.

Lori y Rosa son hijas de dos filipinos emigrados a Israel para efectuar las tareas que los ciudadanos israelíes no desean para sí. Allí se conocieron y se casaron. Sus vidas se parecían a las de los numerosos extranjeros que en muchos países europeos -España entre ellos- llevan años cubriendo aquellos puestos de trabajo que la mano de obra local desdeña. Hasta ahí, nada nuevo.

Pero la legislación israelí solo acepta trabajadores extranjeros mientras estén solteros y no tengan hijos. El permiso de trabajo se les renueva automáticamente hasta seis años y, en muchas ocasiones, durante más tiempo. Ahora bien, si mientras residen en Israel tienen hijos, el permiso es revocado inmediatamente a menos que recurran al aborto o envíen al bebé a su país de origen antes de que cumpla un mes.

“La ley nos impide enamorarnos y casarnos -decía amargamente una mujer filipina- y eso es inhumano. A veces trabajamos 24 horas al día, con solo un día libre a la semana. Necesitamos compañía y amor. No somos robots”.

A los que intentan llevar una vida “normal” solo les queda la solución de residir ilegalmente en Israel. Una legislación tan inhumana solo puede ser soportada a costa de continuos sufrimientos, temores y sustos por los que la padecen. Añadía: “Durante 12 años, vengo huyendo de la policía de inmigración”. Tenían que esconderse durante el día y evitar que los niños salieran a jugar a la calle. Y explicaba: “Si fuera por mí, regresaría en el acto. Pero seguimos viviendo aquí por los niños. Sus vidas están aquí, sus amigos, su escuela… han hablado en hebreo desde siempre”.

Hasta el pasado mes de agosto se aceptaba una situación de hecho en la que los hijos menores de 21 años no eran expulsados. Pero las circunstancias cambiaron bruscamente y la ley se ha endurecido. Hasta el punto de que los niños pueden ser encarcelados durante unos días mientras se estudia la resolución a adoptar. Se dio la coincidencia de que mientras Lori y Rosa eran enviadas a prisión, mil nuevos inmigrantes filipinos eran admitidos legalmente en Israel.

Lori y Rosa estuvieron en la cárcel durante dos semanas, junto con su madre. “¿Por qué nos hacen esto? -decía Lori- Somos unos niños israelíes como los demás”. Recibieron visitas de amigos y parientes y hasta el tutor de la escuela fue a verlas: “Pero no podíamos ni tocarles, porque estábamos separados por un cristal y hablábamos por micrófonos y altavoces”. Para las niñas fue una experiencia traumática. Por fin, se les ha informado de que su caso será juzgado en enero próximo.

Algunas inmigrantes se separan de sus bebés para poder seguir trabajando en Israel. Es una consecuencia inhumana, que rompe el lazo natural de la maternidad y destroza las familias.

Es una cuestión a estudiar el hecho de que algunos pueblos, que han sufrido los efectos de la emigración por distintas causas (los pogromos que padeció el pueblo judío en la diáspora; los emigrantes europeos que hubieron de abandonar su patria para ganarse la vida en otras tierras, etc.) olvidan pronto esos avatares y, cuando retorna la normalidad, son propensos a rechazar y estigmatizar a los que en análogas circunstancias buscan refugio en sus países.

A menudo no se tiene en cuenta que la inmigración cubre esos huecos laborales que la demografía natural no puede atender. Si en España el cuidado de los ancianos impedidos está cada vez más en manos de inmigrantes, como se ve sin más que salir a pasear por nuestras calles, el rechazo de gran parte del pueblo israelí al servicio militar se ve sorprendentemente compensado cuando Lori, a preguntas de un periodista, contesta: “Espero que nos dejen quedarnos aquí. Yo quiero entrar en el Ejército y vivir aquí con mi familia cuando crezca: amo a Israel”.

(*) General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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