Opinión de Alberto Piris. Las palabras de una figura popular de la televisión pueden tener más impacto en la población que las del presidente de un parlamento. El populismo antisistema rechaza una economía “de mercadillo” que enriquece a unos pocos mientras la mayoría sufre los efectos de la pandemia. Hay una política que se rige más por las emociones o las identidades grupales que por los viejos conceptos de clase o partido.

Madrid, 28 de Marzo, (Envío especial para El Informante Perú).- El profesor Martin Conway es el director del Centro para la Memoria y la Ley de la Universidad de Oxford y profesor de Historia Europea Contemporánea. En un reciente ensayo titulado Making Trump History, sugiere que está emergiendo un nuevo concepto general de la política, frente al que carecemos de instrumentos adecuados para gestionarlo. Ante nosotros, afirma, “se abre un terreno no explorado” en el que sobresalen tres factores a tener en cuenta.

Define el primero como la desaparición de las barreras que mantenían la actividad política dentro de unos canales familiares. La política de hoy “ha desbordado sus cauces” habituales, escribe Conway. Las figuras que antes estaban al frente ya no lo están: presidentes, gobernantes o parlamentarios compiten con otras personas, “futbolistas, famosos de la televisión y raperos”, que tienen un contacto más fluido con la población y que a menudo son cortejados por los dirigentes políticos. Las palabras de una figura popular del cine suelen tener más influencia que las del presidente de un parlamento.

El segundo factor alude a la vinculación del Estado con la ciudadanía. Ha decaído el contrato tradicional: cumplir con los deberes personales a cambio de beneficios colectivos. La nueva política de “mercadillo” defrauda a la mayoría mientras beneficia a unos pocos, como esos megabillonarios que, durante la pandemia, han visto crecer sus caudales a velocidad astronómica. Los regalos monetarios de Biden para ayudar a las personas más desfavorecidas de su país no ocultan la realidad: la emergencia de un populismo antisistema.

Por último, Conway define el tercer aspecto como “la desaparición de la frontera política entre izquierda y derecha”. En la nueva Historia del Presente, escribe, la política se sostiene sobre “la identidad y la queja o reivindicación”. Los ciudadanos apoyan causas basadas en “emociones, identidad grupal o aspiraciones”, y desdeñan los antiguos conceptos de clase o partido político. Las viejas instituciones, las tradiciones ideológicas e incluso las normas democráticas van siendo sustituidas “por una política menos disciplinada y más abierta”. Esto hace que la Historia del Presente adolezca de una gran volatilidad.

El profesor Conway no hace predicciones, pero cree que estos efectos serán intensos y persistentes. Sí opina que las clases dirigentes seguirán ancladas en las ideas del siglo XX, entre otras cosas porque eso les evita la necesidad de pensar.

Quizá tengamos que admitir que, con pandemia o sin ella, el siglo XX pasó ya a la Historia y con él convendría enterrar los modos antiguos de conducir la política. El reto puede ser enorme, pero no mayor que el que presentan la acelerada emergencia climática, los nuevos (des)equilibrios de poder entre grandes potencias y la extendida sensación de vacío que induce a muchos a creer en paranoicas teorías conspirativas o a agruparse en manadas que se protegen colectivamente contra enemigos imaginarios.

Podría ocurrir que Conway no haya acertado plenamente con esta teoría, pero su análisis de la política del presente parece difícil de refutar. Habrá que sacar conclusiones, al comprobar que en España también se muestran claramente algunos síntomas del fenómeno que el profesor analiza.

(*) General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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