Lima, 28 agosto 2025, (Envío especial para El Informante Perú).- Ser parlamentario es un honor que conlleva una gran responsabilidad: representar a un sector de la población, recoger sus demandas y llevarlas al Congreso de la República para que sean atendidas por el Ejecutivo y las instituciones correspondientes. Sin embargo, este noble propósito a menudo se ve opacado por prácticas que desvirtúan el verdadero sentido de la función pública.
La Constitución establece que todo peruano tiene derecho a elegir y ser elegido, lo que en teoría abre la posibilidad de que cualquier ciudadano pueda llegar al Parlamento. Sin embargo, no todos aspiran a este cargo, y quienes lo hacen no siempre actúan con la vocación de servicio que debería guiarlos. Un buen parlamentario debe tener vocación de servicio, una agenda clara que responda a los intereses de la nación, honestidad inquebrantable y un compromiso genuino con el desarrollo de su región y del país. Su labor debe centrarse en fiscalizar la gestión pública, combatir la corrupción y promover leyes que beneficien al Perú. Su trabajo debe realizarlo con honor y dedicación, lejos de escándalos que en algunos casos más que políticos son judiciales.
Lamentablemente, el camino hacia el Congreso está plagado de distorsiones. Muchos aspirantes eligen su partido político no por convicción ideológica, sino por pragmatismo: se unen a quien lidera las encuestas, para que haga de locomotora y los arrastre a un curul. Por su parte, la mayoría de los líderes de los partidos políticos actúan con ese mismo pragmatismo y priorizan candidatos generadores de votos, por lo que invitan a participar en sus listas a personajes mediáticos o que cuenten con recursos económicos y no toman en cuenta si tienen antecedentes judiciales o su capacidad real para legislar.
Así, la selección interna de candidatos, que debería ser un ejercicio democrático, se convierte en un festín de influencias y dedocracia. Como consecuencia en lugar de tener candidatos lúcidos e inteligentes, se tienen a personajes de la farándula que están distraídos en sus actividades que no generan valor público, y que en lugar de buscar solucionar los problemas de la población están concentrados en solucionar sus problemas personales.
El proceso electoral, en lugar de ser un debate de propuestas, se transforma en una batalla de insultos y difamaciones, alimentada por opinólogos y algunos medios de comunicación. A esto se suman campañas millonarias con fondos de origen oscuro, que distorsionan la voluntad popular.
Urge, por tanto, una reforma electoral profunda que consolide las democracias internas de los partidos políticos. El desarrollo del proceso electoral debe ser fiscalizado para evitar que se viole la neutralidad electoral, el uso de fondos públicos de procedencia ilícita, desterrar las dádivas y la compra de conciencias. Pero la solución no termina en las elecciones. Durante su gestión, los congresistas deben ser vigilados tanto por la ciudadanía como por las instituciones, para asegurar que actúen con transparencia y ética.
Un ciudadano ejemplar será un buen parlamentario; el verdadero desafío es lograr que esos ciudadanos lleguen al Congreso. Solo así recuperaremos la credibilidad en nuestra democracia y honraremos el verdadero significado de ser un representante del pueblo.
El Perú necesita congresistas que trabajen con honor, no por interés personal. La reforma política es impostergable, pero también lo es nuestra responsabilidad como ciudadanos de exigir y elegir mejor. De manera categórica podemos afirmar: el cambio comienza en las urnas.