Lima, 24 junio 2025, (Envío especial para El Informante Perú).- En una de mis andanzas por los caminos del Perú, me encontré en una conversación con un grupo de jóvenes, quienes me hacían diversas preguntas, por cierto, muy inquisidoras. En sus expresiones y palabras había preocupación, temor, entusiasmo y un destello de esperanza. El mayor cuestionamiento que tenían era por la actuación de la clase política, el cual les generaba mucha desconfianza por la manera como estaban actuando y gobernando. Les propuse que hagamos un ejercicio para repensar el Perú del futuro, orientados por las virtudes humanas más elevadas como la justicia, libertad, solidaridad, con mucho optimismo, y dejando de lado los temores porque estos nos sumergen en la inacción.

Al unísono me respondieron: “de acuerdo”. Pero ese acuerdo no fue un cheque en blanco, estuvo condicionado porque añadieron lo siguiente: “que ese Perú del futuro sea ahora”. Les pregunté ¿por qué?, me respondieron: “porque para nosotros los jóvenes el futuro es hoy, además los grandes cambios a realizar son urgentes e impostergables”. Me sorprendió el sentido de urgencia, porque provenía de jóvenes y porque contrastaba con la manera de actuar de los mayores.

Luego de eso continuamos con el diálogo abierto, fraterno, motivado e impulsado por sueños auténticos llenos de peruanidad. Al final llegamos a la conclusión: “Necesitamos un Perú unido, donde la democracia se viva con instituciones fuertes y justicia transparente. Donde cada ciudadano, sin importar su origen, ve protegidos sus derechos y su dignidad. Uno de ellos puntualizó, ojo esto no es para un futuro lejano, sino una realidad que debemos construir día a día con decisiones firmes y participación activa, continúo diciendo: jamás olvidemos que nuestra mayor fortaleza está en la diversidad con culturas milenarias, lenguas vivas y tradiciones que se renuevan. Nuestra mirada al mundo sea sin complejos, orgullosos de nuestro pasado, pero con la mirada puesta en el mañana. Nuestros bosques, ríos y montañas no son sean paisajes, sino compromisos vivos de sostenibilidad para las próximas generaciones.

Necesitamos transformar el Estado para que sea ágil, descentralizado y libre de corrupción. Que llegue a cada rincón del territorio nacional con servicios eficientes, donde las regiones decidan su rumbo, pero siempre en estrecha coordinación. La transparencia no sea una promesa, sino una práctica cotidiana que nos devuelva la confianza en la gestión pública.

Que el crecimiento económico se traduzca en bienestar real para todos. Que la pobreza sea un antiguo recuerdo y que prime el emprendimiento, educación de calidad y acceso a salud digna. Que los peruanos y peruanas, cuenten con oportunidades reales para salir adelante.

Que el avance sea fruto de un pacto social donde todos aportemos, ciudadanos vigilantes, empresas responsables y un Estado comprometido. Es decir, forjar el Perú del mañana con trabajo honesto, unidad y visión compartida.

Tenemos que superar los desafíos para convertirnos en ejemplo de desarrollo con identidad. Donde nadie se quede atrás, y la prosperidad se mida no solo en cifras, sino en sonrisas de niños que crezcan con mejores oportunidades que sus padres.

El futuro cercano debe ser brillante y más de lo que imaginamos. Debemos avanzar con la seguridad que cada esfuerzo que hagamos sume, y cada logro alcanzado nos acerque más a esa patria justa y próspera que todos merecemos”.

La conversación se había tornado emotiva e interesante, por eso terminamos pasada la medianoche y con una actitud diferente, ahora reinaba la esperanza envuelta en entusiasmo. Estrechamos nuestras manos y nos despedimos. Uno de ellos con gentileza me dijo: “Mesias, fue un gusto conocerte y conversar contigo, pero recuerda, el Perú del Futuro, es hoy”. Asentí con la cabeza en son de conformidad, y con fe proseguí mi andanza por las huellas de los grandes con la convicción que es tiempo de la juventud.