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Edición Nº 3889 - Abril 2014
¿ES EL GRAN MOMENTO QUE ESPERÓ LA IZQUIERDA POR TANTOS AÑOS?
Por: Carlos Javier León Ugarte

Lima, 17 Junio 2012, (Especial para El Informante Perú).- El grito de guerra con el que el profesor Sinesio López concluyó uno de sus celebrados ensayos políticos hace apenas una semana, levantando a la izquierda de todo el país a formar la coalición esperada por muchos años, tal vez haya sido el inicio de una serie de acontecimientos que hacen pensar que la vieja izquierda peruana, busca entrar al juego político por su propia cuenta.

Primero reflexionemos sobre el historial de la izquierda en el Perú, que desde Mariátegui no tuvo otro soberano representante, tal vez porque su adormecimiento filosófico y doctrinal se muestra con taras desde sus orígenes, ya que el amauta se esmero en forjarlo, tal vez cuajarlo, pero no encontró solvencia al ser un remedo burdo del bolchevismo europeo que estaba muy lejano de nuestra realidad en ese entonces, de allí que Haya de la Torre lo haya opacado en definición y conceptualización marxista con la aparición del aprismo como claro competidor social y político de ese entonces.

Volvamos a Mariátegui, éste no rediseñó una izquierda comunista doctrinaria y propia de nuestros orígenes, a pesar de haber interpretado al Perú en siete ensayos formidables, se quedó solo en la gramática, además no tuvo cuadros, lo que desvirtuó sus canteras y se malinterpretó en afables liderazgos oportunistas hasta llegar a los setenta, donde tácitamente apoyo a otros movimientos que gobernaron, pero que nunca logró su objetivo final de un partido, que es el de administrar el poder a través del gobierno. Quizá porque no se lo propusieron, tal vez porque se materializó y fortaleció más en los sindicatos y gremios, en donde tendría su auge en los ochentas.

Allí apareció Barrantes, un hombre simpático que animaba a las masas, modernamente social y con rostro humano ante los focos emergentes y radicales que tomaban el fusil en la sierra, las aulas en los colegios, y las piedras en las universidades.

Aquel grimillón que empezaba a desplazarse resentido hacia Lima y fundaba los asentamientos humanos a base de palo y sudor se entregaban al caudillismo de un Barrantes temeroso, pero posible para la izquierda, sin embargo tampoco resultó, pues la vieja historia de Haya con Mariátegui, valgan diferencias, terminó con un jovencísimo y más convencido Alan García, opacando al popular “frejolito” en las urnas y en las calles. El espacio – tiempo filosófico destruyó el materialismo dialectico cavernario.

Entonces se inició una nueva historia, se dividió en dos partes casi iguales, y las figuras independientes fueron apareciendo en el argot político peruano.

Una parte de la izquierda se volvió intelectual, se recicló en oenegés y comenzó a opinar tras el escritorio y los libros, ya no tenía protagonismo más que académico. La otra facción, aquellos que nunca quisieron dejar el decimonónico discurso bolchevista y trosky revolucionario, moscovita, castrista y maoísta, se enquistaron en los gremios y federados, hasta que Fujimori les apuntó la cabeza con el rifle del ejercito montesinista y los obligó a desmantelarse, a enmudecer en todos sus frentes.

Hubo tantos grupos de izquierda en el Perú que nunca conciliaron un bloque democrático regional, nunca llegaron a consolidarse como alternativa o plataforma creíble entre la sociedad peruana que siempre estuvo de su lado en pensamiento e ideología, no lograron canalizar esas acepciones y romanticismos que el peruano suele entregarles, no se fortalecieron, no se modernizaron, ni mucho menos intentaron reivindicarse, pero peor aún, nunca deslindaron con el terror del senderismo y ni la subversión que nos cogoteaba y ya nos bombardeaba la capital. Su tácita complicidad los desolló en carne y espíritu.

Insólitamente llevaron a Fujimori y Toledo al poder, pero en ninguna circunstancia lograron cogobernar, ni siquiera ser parte del gobierno. Solo con Paniagua algunos academistas ingresaron unos meses y después adiós, pues el tiempo fue muy corto y de transición.

Con Humala la cosa cambió, fueron protagonistas como nunca antes de una campaña electoral recalcitrante, volvieron a las calles, tomaron las ágoras y las tribunas y empezaron el discurso de aquellos años pasados, de aquellos años que se fueron imperecederos y están registrados en la historia del Perú, no aprendieron la lección.

Torpes salieron  a jugar como niños y a recordar que existían, y desearon, estoy seguro, volver a intentar cambiar el país, sin siquiera advertir que habían perdido muchos años sin domesticar sus costumbres radicales, sin cambiar la molotov por la idea, seguían siendo los mismos de hace cuarenta y cincuenta años, y los jóvenes que hoy levantaban la misma bandera, seguían llevando en el brazo el mismo libro confuso de los años treinta. El pueblo le prestó su voto contra el fujimorismo, pero ellos creyeron que el pueblo en verdad les daba la oportunidad porque se lo merecían. Su equivocación les reventó en la cara antes de cumplirse el año de gobierno.

La modernidad nos ha legado temas adaptables a las plataformas de protestas y al ideario común de cualquier pensamiento político trasladado a partido u organización: el medio ambiente, la anti minería, el impacto ambiental y el ecosistema, son puntos clave para impulsar un frente nacional que complote fácilmente contra cualquier gobernante en el momento que desee y que quiera. Pero qué pasa en nuestro país, por qué el poder mediático no confluye ni se asocia a estos. Simple: Los liderazgos regionales no son sólidos, son balbuceantes, es decir protestan pero no aportan ideas, se oponen a todo y no dan tregua, su comunicación llega con piedras y carreteras bloqueadas, y su mayor propuesta empieza con el NO. He allí el dilema de la vieja izquierda que se refugia en vestidos nuevos, pero sigue laxa y aturdida, y sobre todo confusa como hace setenta años.

La derecha que se las sabe todas, y que se viste de cenicienta en la economía, en los medios, en el ejército y en los poderes fácticos que trascienden en el pensamiento del ciudadano, solo espectan con placer como los naipes se van cayendo solos sin necesidad de soplarlos, ante las propias debilidades de la izquierda que no despega ante un sinnúmero de oportunidades que tal vez mañana ya no las tenga.

¿Es el gran momento que espero la izquierda por tantos años? Así es, es sin duda el más exquisito de todos, sin el Apra al frente de la vereda que fue su sombra en toda su historia, con el honor destruido y herido por su propio presidente, con una plataforma de debate y protesta legitima en ciernes, y con un apoyo regional poco común es su mejor oportunidad, quizá el destino terco no vuelva a brindarles esta lista de opciones que deben aprovecharlo de manera conjunta y militante.

¿Pero quién podría liderar esta magnifica batalla? ¿Gregorio Santos? ¿El padre Arana? ¿Los congresistas renunciantes a Gana Perú? Francamente ninguno, solo Humala, pero él, imposible, ya fue secuestrado por la realidad de ser un presidente que debe gobernar para todos los peruanos, y no para un utópico sentimiento que tiene arraigo pero no consolidación. Así es, Humala ya no más levantará el brazo izquierdo de la revolución, por el contrario, su condena sempiterna será el estar sentado en primera fila, al lado de la derecha diabólica que siempre nos gana, disfrutando del imperdible espectáculo de darle la estocada final, a esa pobre izquierda que el recuperó de las cenizas, la engordó, la azuzó, y la ilusionó por enésima vez en la historia del Perú.

(*) Periodista.

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