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Trump se militariza

Opinión de Alberto Piris. Varios generales han sido nombrados por Trump para ocupar cargos de carácter no militar, tradicionalmente ejercidos por civiles. La subordinación del poder militar al civil, asumida por los padres fundadores de la Constitución, queda puesta en entredicho.

Madrid, 17 Setiembre 2017, (Especial para El Informante Perú).- Un trío de generales forma, junto con los familiares más inmediatos de Trump, el núcleo restringido que convive, asesora y estoicamente soporta las imprevisibles opiniones y decisiones del nuevo emperador. Han resistido incólumes las recientes destituciones que han afectado a algunos de los cargos más relevantes en el Gobierno de EE.UU.

No crea el lector que son generales que han obtenido brillantes triunfos al mando de sus tropas, siguiendo la estela de Eisenhower, el victorioso triunfador sobre la Alemania nazi que alcanzó la presidencia de EE.UU. En este caso, los éxitos militares no han sido el camino que les ha llevado a codearse con el poder, ocupar puestos críticos en la nueva Administración y ejercer una poderosa influencia personal sobre el Presidente.

Más bien ha sido al revés. Son generales como los que fueron aludidos por Trump durante la campaña electoral de este modo: “Durante el mandato de Barack Obama y Hillary Clinton, los generales han sido reducidos a escombros [sic], reducidos hasta un punto que resulta vergonzoso para nuestro país”. Fue una muestra de su incorregible locuacidad, incapaz de prever que esos mismos serían “sus generales”, a los que tendría que recurrir para llenar sus peligrosos vacíos intelectuales en política de defensa y relaciones internacionales.

En mayo de 2016, la euforia triunfalista de Trump alcanzó límites inconcebibles ante una audiencia rendida: “Vamos a ganar. Vamos a ganar tanto… Vamos a ganar en el comercio, vamos a ganar en la frontera. Vamos a ganar tanto que estaréis enfermos y cansados de ganar; vendréis a mí diciendo: ‘Por favor, Presidente, no podemos ganar más. Es demasiado. No es justo para los demás’. Y yo responderé: ‘Lo siento, pero vamos a seguir ganando y ganando, volviendo a hacer a América grande de nuevo’”.

Para ganar de ese modo, Trump eligió a tres generales estrechamente vinculados con las más recientes derrotas militares de EE.UU. Designó al teniente general H.R. McMaster como Consejero de Seguridad Nacional. Fue conocido por haber conquistado, como coronel al frente de su regimiento de caballería acorazada, la ciudad iraquí de Tel Afar en 2005 e inaugurar las tácticas de contrainsurgencia que tan nefastas han resultado al paso de los años. Tel Afar, como otras victorias militares estadounidenses, duró poco tiempo en poder del gobierno de Bagdad y fue una de las primeras ciudades que cayó en manos del Estado Islámico. Durante el mandato de Obama, McMaster fue encargado de dirigir una misión político-militar para “arrancar de raíz la rampante corrupción que corroía el Gobierno de Kabul”, respaldado por EE.UU., que fracasó rotundamente porque, como aseguró el diplomático John Dempsey, “el único modo de estabilizar Afganistán es que tenga el Gobierno que el pueblo desea”.

Otra lumbrera militar elegida por Trump, nada menos que como Secretario de Defensa (jefe del Pentágono, tradicionalmente un puesto civil), es el general retirado de Infantería de Marina John Mattis. Fue el primer alto mando militar que pisó Afganistán en 2001 para iniciar la guerra más larga (y fracasada) de la historia de EE.UU. Luego, en Irak, tras destruir Faluya, justificó en 2004 el brutal bombardeo de una ceremonia nupcial que fue confundida con una banda de insurgentes diciendo: “¡A quién se le ocurre ir en pleno desierto a celebrar una boda a 80 millas del más próximo lugar civilizado!”. Cuando sugirió a Obama aniquilar una refinería o una central energética de Irán, como represalia por la influencia iraní en la guerra de Irak, Obama lo destituyó. Gracias a lo cual evitó que EE.UU. se implicara en otra nueva guerra sin fin en Oriente Medio.

Por último, otro general retirado de Infantería de Marina, John Kelly, es el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, puesto de crítica importancia porque controla las actividades más reservadas del Presidente. Por su relación personal con los otros dos y con el general Dunford, actual presidente de la Junta de Jefes de EM, constituyen un grupo de generales situados en destacados puestos, nominalmente “civiles”, del Gobierno de Trump.

Plenamente implicados en la estrategia que Bush organizó para la guerra contra “el terror”, nada nuevo ni original podrán aportar para poner fin al conflicto que en 2014 el propio McMaster calificó de “generacional”; tampoco parecen capaces de admitir los errores incurridos durante esa guerra que ha reforzado y extendido el terrorismo, en vez de terminar con él.

Si a tan evidente militarización de la cúpula dirigente de EE.UU. se une, como escribe Jonathan Freeland en The Guardian Weekly, la constatación de que “la amenaza nazi no ha muerto en EE.UU., porque Trump la está resucitando”, hay más motivos para alarmarse que los que indicaría una simple afición por lo militar en un presidente que hizo todo lo posible para eludir ser reclutado durante la Guerra de Vietnam.

Como bien se sabe en EE.UU., muchos de cuyos ciudadanos lucharon y murieron combatiendo contra Hitler, la mezcla de militarismo y de un fanatismo etnocida como el nazi, que aspiró a acabar con el pueblo judío, sería un retorno a las épocas más oscuras de la humanidad. Conviene poner esto de relieve ahora que en Europa, incluyendo a España, parecen brotar ominosas llamaradas neonazis.

(*) Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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