Año del Buen Servicio al ciudadano.

Encendió un fuego para nosotros

Opinión de Luis Algorri. Sé que a muy poca gente le interesa qué es para mí el Profesor, pero conste que no estoy contando una historia personal. Estoy hablando del libro que hoy presentamos. 

Madrid, 17 Setiembre 2017, (Especial para El Informante Perú).- Yo no conozco a muchas personas capaces de saltar de la cama a las cuatro de la madrugada en una ciudad remota llamada Djenneh, cubrir su cabeza con un turbante azul y, en medio de la noche desconocida, dedicar horas a escuchar el latido del propio corazón ante la silueta de una mezquita de adobe. Y no las conozco porque hay cosas que no sé comprender. No sé comprender por qué Djenneh tenga que ser una ciudad remota o que la noche allí haya de ser desconocida. Aunque si sé que, en determinados recodos de la existencia, es indispensable detenerse a escuchar el latido del propio corazón, salvo que uno quiera correr el riesgo de ir perdiendo poco a poco el oído para todo lo demás.

Conocí al Profesor Fajardo cuando yo comenzaba a dirigir la sección de Opinión de Diario 16. No será fácil olvidar el mediodía en que entró en aquella redacción diminuta como hubiera entrado un galeón de Indias en el Manzanares: desplegado, sonriente, radiante, incontenible. Había sido, en la Universidad Complutense, profesor de la mitad de mis compañeros, que lo saludaban mientras la otra mitad lo mirábamos atónitos. Preguntó por el jefe de Opinión. Me acerqué. Me dio la mano y, mientras me miraba al fondo de los ojos con esa mirada suya de dos mil quinientos voltios, me preguntó: “¿Yo no he sido profesor tuyo?” A mí la respuesta me salió sin esfuerzo: “Todavía no”, le dije.

No tardó en llegar la primera comida juntos y, tras ella, la ya larga construcción de nuestra amistad. Infinidad de llamadas, citas, progresivas confidencias, lugares, ayudas, imágenes, algunas personas queridas, más ánimos que desánimos, más entusiasmo que desesperanza, compromisos y proyectos. José Carlos tuvo la inmensa generosidad -nada nuevo en él, por otra parte- de presentar mi primera novela, y yo no dudé en poner por escrito lo que pensaba de él. Dije, y repito hoy, que el Profe es uno de esos infrecuentes regalos que te hace la vida. Un regalo que, como los mejores y más valiosos, no te mereces, y lo sabes, pero de todos modos la vida te lo hace y por eso mismo se vuelve aún más hermosa y digna de ser vivida.

Sé que a muy poca gente le interesa qué es para mí el Profesor, pero conste que no estoy contando una historia personal. Estoy hablando del libro que hoy presentamos. Ese libro no es que lo haya escrito José Carlos.

Es que es José Carlos, desde la portada hasta la última página. Si se me permite una crítica muy leve, diré que el subtítulo me parece algo inexacto. Yo no hubiera escrito “Viaje al corazón de los pueblos de África” sino “Viaje desde el corazón al corazón de los pueblos de África”. Porque el Profe, en esta obra fluvial, tumultuosa, apasionada, en la que a un torrente de datos objetivos e incontestables sobre la realidad de veinte países de África sucede, sin interrupción, sin pausa, sin tiempo para respirar, un alegato sangrante sobre los fraudes de los supuestos cooperantes, y a renglón seguido un varapalo en el costillar al integrismo religioso de quienes se creen en posesión de la verdad del Evangelio, y a esto una descripción conmovedora sobre la belleza insuperable del anchuroso cráter del Ngorongoro, y a esto… ¿Qué es? ¿Ante qué estamos? ¿Ante un libro de viajes? ¿Ante una denuncia de la disparatada e ilusoria globalización hecha por quien tiene, seguramente, más conocimiento de causa que nadie para hablar de ello? ¿Ante una historia universal de la infamia desde el punto de vista subsahariano? ¿Ante uno de los cantos de amor más apasionados que se haya destinado jamás al continente que tenemos a catorce kilómetros de nuestros pies?

No. Nada de eso por sí solo, y todo eso y mucho más si lo juntamos. Quien busque en estas páginas la descripción tercermundista de sir Walter Scott, que bajaba a Granada y se ponía a escribir con chaleco y monóculo sobre lo que él sin duda consideraba seres primitivos, va listo. Parafraseando al lema de la Academia de Atenas, nadie abra estas páginas que no tenga el corazón recién despierto. Nadie se atreva con este libro que no esté pronto a la indignación, al asombro, a la conmoción y a la aventura interior. Nadie ose adentrarse en este corazón a flor de piel escrito que no sea capaz de hacer lo que alguien hizo un día con el Profe querido, y que él hace desde entonces con todos cuantos lo queremos: encender un fuego para que su luz sirva de señal, de guía en la oscuridad, y para que su calor reconforte a quien llegue hasta él. No importa quién sea el viajero ni cuándo haya de llegar. Lo realmente esencial es que el fuego esté encendido.

(*) Luis Algorri. Periodista y escritor.

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