Año del Buen Servicio al ciudadano.

Vivir la guerra con los británicos

Opinión de Alberto Piris. Se proyecta estos días en los cines españoles la que quizá sea una de las mejores películas de guerra que jamás se haya rodado: “Dunkerque”.

Madrid, 06 Agosto 2017, (Especial para El Informante Perú).- Se proyecta estos días en los cines españoles la que quizá sea una de las mejores películas de guerra que jamás se haya rodado. Sin pretender entrar en el terreno de la crítica cinematográfica, que en estas páginas digitales domina con maestría Martín Ferrand (que ya comentó el pasado martes el citado filme, “Dunkerque” 25/07/2017), me parece oportuno compartir con los lectores algunas de las impresiones que suscita esta película.

Es obvio que su argumento es la guerra. Casi toda ella transcurre durante actividades exclusivamente militares, en tierra, aire y mar. Apenas hay unas esbozadas tramas paralelas, al estilo de “Senderos de Gloria”, “Nacido el 4 de julio” o “Salvad al soldado Ryan” (tres extraordinarios filmes bélicos), que distraigan al espectador de lo que sucede en la batalla que se desarrolla ante sus ojos. No se trata aquí explícitamente sobre la crueldad de la guerra, la egoísta ambición de algunos generales, el movimiento pacifista en EE.UU. o el amor humano, como sucede en los títulos antes citados.

Las pocas escenas lejos del teatro de operaciones, en las que el estruendo bélico deja de ser dominante, apenas apuntan a otros problemas que no sean los de dar fin a una compleja operación de retirada, fruto combinado de la audacia del avance alemán y de la imprevisión del mando aliado ante la rápida evolución de la guerra en la primavera de 1940. Más que una “película de guerra”, Dunkerque es “la película de una batalla” y en muy pocos momentos se separa la atención de todo lo relacionado con la evacuación del malogrado Cuerpo Expedicionario Británico desde la costa francesa del Canal.

Comparto el juicio de un veterano colega británico que ha escrito que esta película permite a cualquier persona vivir unos momentos muy próximos a lo que fue aquella batalla. Cómodamente sentado en su butaca, el espectador comparte la angustia de un piloto de caza en los duelos aéreos con fuego de ametralladora (tan cinematográficos como las cargas de caballería, pero tan desaparecidos como éstas en la guerra de hoy); convive con los soldados transportados en un carguero que se va a pique, y observa las sucias trampas o la desprendida abnegación entre compañeros cuando la vida de uno puede ser la muerte de otro y todos buscan un hueco en la compleja logística de una retirada bajo las bombas enemigas.

A medida que avanza la proyección se advierte el sentimiento patriótico británico que parece ser un objetivo del guión, al describir lo que el general Fuller, historiador y estratega militar inglés, consideró “una hazaña única cuya conclusión, el 3 de junio, marcó la fecha en que, espiritualmente hablando, el pueblo inglés se lanzó lleno de coraje a la campaña”.

También escribió lo siguiente: “La evacuación constituyó un triunfo sensacional, como lo han sido tantas retiradas inglesas y, no obstante los violentos ataques aéreos, fue llevada a cabo metódicamente y sin pánico. En nueve días se evacuaron 366.162 hombres [un tercio de ellos, franceses], trasladados a Inglaterra en 765 barcos británicos de todas clases y tamaños”.

Aún hoy se discute sobre la cifra exacta, pero la mayoría de los evacuados lo fueron en buques de la Armada y no en las embarcaciones privadas que patrióticamente acudieron al rescate. Philip Warner, otro conocido historiador militar británico, escribió que la hundida moral del derrotado cuerpo expedicionario se recuperó a su regreso, al ser considerados héroes por la opinión pública. Warner también escribió: “Si la evacuación hubiera fracasado, quizá hasta Churchill hubiera buscado un arreglo con Alemania si hubiera sido posible”. El ejército británico fue derrotado en otras ocasiones (las retiradas a las que alude Fuller), como en Creta, Hongkong o Singapur, pero, contradiciendo a Fuller, estas retiradas fueron sendos fracasos, mientras que en Dunkerque el éxito de la retirada permitió salvar la cara al mando militar y recuperar el maltrecho honor militar británico.

Los más acreditados historiadores rechazan hoy la idea, algún tiempo muy extendida, de que el propio Hitler manifestó su voluntad de no aniquilar al cuerpo expedicionario, soñando en una futura Europa en la que el Reich alemán dominaría el continente, aliado con una Inglaterra, reina de los océanos.

El llamado por algunos “milagro de Dunkerque” tuvo nefastos efectos secundarios. La flota británica perdió unos destructores que hubieran sido necesarios para proteger el esencial tráfico comercial atlántico contra la intensa ofensiva submarina alemana. Warner escribió: “Cuando el 4 de junio se completó la evacuación, los que estuvieron en aquellas playas nunca olvidarán la experiencia sufrida. Se vieron actos de enorme valentía y de deprimente cobardía”.

El espectador tampoco olvidará fácilmente los 107 minutos de proyección durante los que habrá vivido una experiencia, aunque sea virtual, de lo que era la guerra antes de que las modernas tecnologías la hayan mecanizado y automatizado y las modernas políticas de defensa la hayan alejado del sentir popular, mientras sigue siendo tan cruel y destructiva como en los tiempos de Homero.

(*) Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva y Diplomado de Estado Mayor.

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